goliardo

La Noria
Cuento de Feria

 

Cuentos

Ella

Con vistas al mar

Las piedras

 

 

 

 

 

 

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 Pep Bruno 
 Barcelona
 1971 

escríbeme a goliardo@eresmas.net
mírame en http://www.pepbruno.com 

Ella

Soy representante. Vendo productos a mercerías y ferreterías de pequeños pueblos. Mi vida sí es realmente un viaje. No me importa. Mis amigos piensan que tengo mala suerte con mi trabajo: siempre de un pueblo a otro por malas carreteras, con un coche que no aguantará muchos kilómetros más, con el maletero lleno de mercancía no demasiado buena que debo vender… Sí, mis amigos me compadecen. Y no digamos mi familia. Mis padres casi se avergüenzan de mí, un hijo con carrera, con un futuro prometedor y un presente triste. Nada que ver con mis hermanos.

Pero nadie me ha preguntado sobre lo que yo pienso de mi forma de vida. Las carreteras llenas de paisajes asombrosos y atardeceres espectaculares que viví acompañados de jazz; el calor de las fondas de pueblo y de los hostales de carretera, con sus hombres de lija y su humo viejo; las camas que probaron su virtud en tantos cuerpos, camas como guaridas de animales nómadas. Y los besos, los besos que me dieron en algunos clubes, besos tan sinceros, tan apasionados como los que compartí con la única novia que tuve cuando joven.

Y sobre todo nadie me ha preguntado por ella. 

Ella. Ella junto a mí en todos los atardeceres, en todas las habitaciones, en todos los clubes. Kilómetros de carretera que no son míos, sino nuestros: nuestra vida sí que es un viaje. Su ropa y la mía mezcladas en la única maleta que no lleva mercancía. Ella y yo siempre. 

Después de aquella primera novia tuvo que pasar un tiempo, unos años tal vez, hasta que descubrí lo cerca que ella estaba. Tan cerca, tan cerca. Conocerla y comenzar a compartir cosas con ella fue, sin duda, la aventura más valiente y hermosa de mi vida. Las confidencias, los paseos a escondidas, las palabras apasionadas de mi diario, las caricias secretas, los sueños. Mis recuerdos son claros, lúcidos, pero dejan en la boca un sabor melancólico y culpable.

Culpable. Un día mi padre abrió la puerta de la habitación y la descubrió. Allí estaba yo, vestido de mujer. Allí estaba ella. Mi padre me golpeó hasta que perdí el sentido. Ese día decidí marcharme. Ese día ella se volvió más miedosa y se convirtió en mi secreto. Ella y yo somos uno. Ella es la mujer que soy.



Con vistas al mar

En recepción me dijeron que desde la habitación se veía el mar. Yo no imaginé que se vería tanto mar. De hecho, después de una revuelta noche con fuertes vientos y olas de más de tres metros, amanecí ahogado.



Las piedras

En verano, en la playa, el oficio del padre era “pescador de piedras”. Los dos niños, sentados en la arena, dejando que las olas rozaran sus pies, examinaban pacientemente las piedras que su padre iba trayendo, eran metódicos y cuidadosos: cada piedra merecía un tiempo. El padre se sumergía y buscaba en el fondo, agitado por las olas, alguna piedra que mereciera la pena: piedras con franjas, jaspeadas, erosionadas, agujereadas, con extrañas formas... cualquiera con algo peculiar.

Cada dos o tres zambullidas el padre encontraba alguna piedra posible y la guardaba en su red, cuando tenía varias salía a la orilla y se las daba a sus hijos. Los hijos comenzaban su tarea sin prisa pero sin pasar por alto ningún detalle: el tacto, el olor de la piedra, el sabor áspero y salado, el sonido al chocar con otras piedras... Sólo unas pocas eran seleccionadas al cabo del día.

El último día de vacaciones, cuando ya habían reunido las suficientes piedras, después de pasar toda la tarde mirándolas, tocándolas, oyéndolas... las devolvieron al mar. 

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 2003